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Y en el Monte, Nada…

“y en el Monte, Nada…” es un testimonio visual y espiritual, a través del paisaje y el territorio, que trata de vislumbrar la relación entre la paz y el pluralismo cultural. El proyecto plantea la necesidad de un desarme mental y cultural, que vaya más allá de la violencia física, simbólica y comercial, y que promueva una transformación profunda, tanto individual como colectiva. Muchas de las fotografías fueron tomadas en 2019 en Cisjordania e Israel, en contextos donde la persistente fractura cultural, religiosa y política evidencia la urgencia de una nueva mirada, unitiva.

El origen de este trabajo es una experiencia en la que se manifiesta una percepción radical de que el ser humano no está separado ni del cosmos, ni de la divinidad, ni de los demás seres humanos, sino que forma parte de un todo vital indivisible. Es la experiencia de la unificación de la Vida, que no suprime nada, que respeta las particularidades y que lo armoniza todo. Lo que Raimon Pannikar llamaría una intuición cosmoteádrica. Para acceder a esta intuición, es necesario abrir simultáneamente los tres ojos del conocimiento de nuestra consciencia: el ojo de los sentidos, el ojo del intelecto y el ojo de la experiencia global, que no tiene nombre pues trasciende nuestro lenguaje, y que Platón llamo la mystika.  Sólo ahí se abre la unidad y la interrelacionalidad de la Vida, la que se puede experimentar pero de la que no se puede hablar. … “y en el Monte, Nada”, escribiría el místico San Juan de la Cruz. Solo quien se ha despojado de sí mismo puede abrirse a la plenitud de la Vida. Este vaciamiento no es pérdida, sino espacio fértil para una nueva forma de ver, de vivir, de habitar la Tierra, donde cual rizoma, estamos interconectados con todo y con todos.

Como esta experiencia no es traducible en conceptos y está velada a la palabra, utilizo la fotografía como testimonio de lo descubierto. La foto-grafía, la grafía de la luz recibida, revela esa unidad de la Vida experimentada en su triple dimensión: material, humana y espiritual, mostrándola sin atraparla. Y desde ese fotografiar contemplativo, propongo un itinerario. Un itinerario recogido en la metáfora de la tradición sufí, que sugiere que cada ser humano necesita una cueva donde recogerse, y llegar a ser una concavidad que alberga un encuentro; una cima desde donde contemplar el horizonte con perspectiva, y abrirse a la Vida; y un centro interior, donde el vaciamiento es habitado, y se manifiesta una armonía invisible. El color azul, como símbolo de lo sagrado, que está en todo, que no necesita templo.

En ese camino hacia la cueva, la cima y el centro, hay idas y venidas, pero no hay metas, ni fronteras. Como en la paz auténtica entre la diversidad de culturas, donde no hay un acuerdo exterior, sino un proceso interior, relacional, tanto personal como colectivo, que se alimenta, diría Panikkar, del respeto mutuo, del diálogo dialogal entre personas, culturas y religiones, y de una experiencia holística que integre lo espiritual, lo material, y lo ético y político.  Esta paz implica un desarme cultural y el reconocimiento de que no poseemos la verdad absoluta. Ninguna cultura, ninguna religión agota la interpretación de la experiencia integral de la Vida. Este no-saber no es una renuncia impotente, sino la posibilidad de una apertura a la verdad del otro. Como el místico que se esconde en todo ser humano que sube al Monte y no lleva nada, y entra en la Nada experimentándose parte del todo. Como el caminante que se desarma de sus certezas, y peregrina abierto a todo. El ser humano contempla. Todo es relación. Todo es presencia. Todo es unidad.